La estancia del viajero inglés F. H. Deverell en Elche en 1884

Breve reseña: 

Antonio Pérez Gómez en su obra Murcia en los viajes por España, CSIC, 1984, describe la estancia del viajero inglés F. H. Deverell en Elche, en 1884, cuando se estaba construyendo el ferrocarril -coincide en la hospedería de Juan Martínez con el ingeniero de las obras- y describe la Calahorra y su encuentro con el marqués de Lendínez, su esposa e hija, la cárcel del palacio de Altamira, el Casino. Está dos días y paga dos dólares por su estancia.

Monografía: 

 

"(...) Desde Valencia viene a Elche que ansiaba conocer. La bella ciudad emplazada en un verdadero bosque de palmeras y en la que este grácil árbol crece aun en medio de las calles, aun dentro de los patios de las casas. La vista de este paisaje, trae a su memoria la llegada de los israelitas a Elim —primera cita bíblica que hace—, y su maravilla y alegría al encontrarse «con doce pozos de agua y setenta palmeras». Supone Deverell que lo que causaría tal contento, serían los doce pozos de agua que sirvieran a aquietar la torturante sed del desierto, y piensa que los israelitas no hubieran sentido placer mayor en Elche, aun encontrando en él no setenta palmeras sino docenas de millares, porque Elche es una ciudad seca, carente de agua, con un régimen de lluvias escasísimo, donde se pasan meses enteros sin que caiga agua del cielo y donde, según le informa su huésped, hubo ocasión en que transcurrieron siete años sin llover.

Está el pueblo en una amplia llanura; pasa por él un río o arroyo, por un barranco profundo, seco las más de las veces, y rodeado de un verdadero bosque de palmeras. Es una ciudad oriental, un verdadero pueblo de Arabia con sus casas moriscas, bajas, cerradas al exterior, con sus tejados planos circundados de antepechos de mampostería, con las escaleras exteriores para subir a las azoteas, con pequeñas torres cuadradas, de vez en cuando, emergiendo entre las viviendas... la gente asomada a los antepechos; muchos tejados adornados con parras; algunas cúpulas esparcidas; una mezquita; una amplia prisión con el signo, en la fachada, de la media luna. Se creería uno en Arabia.

Hay un solo Elche en Europa, según frase de Ford, (aunque no lo cite Deverell), y como ya nos recordó Edwin Lee en uno de los viajes comentados en esta sección, y, aun en España, Elche es único. Ciertamente que en la península existen bastantes lugares en que crece la palmera, pero en ninguno de ellos lo es con la profusión que en este pueblecito alicantino; en ninguno son tan altas, tan esbeltas, tan frondosas; en ningún sitio se cultivan y cuidan con el esmero y con los excelentes resultados que aquí.

Y ciertamente que España tiene bastantes ciudades con carácter marcadamente oriental, pero ninguna ha conservado esas esencias, fisonomía, estado de sus edificios, costumbres, vestimentas, como Elche, que parece detenida en el curso de los siglos, estancada, sin que los años pasen por ella, alejada de todas las mutaciones que el progreso lleva consigo.

Las palmeras de Elche son de las que producen dátiles y las hay por todas partes. Pero lo digno de verse son los conjuntos que se crían en huertos, cerrados como jardines, cultivados con esmero, donde las plantaciones han sido hechas con rigor y método, en hileras ordenadas, con hondas regueras para conducir el agua escasa y poder regarlas y con todo lo que revela un cuidado atento y sistematizado. Tienen unos sesenta a cien pies de altura, viven centenarias y llegan lozanas hasta la vejez dando frutos y cumpliendo con su cometido hasta en sus últimos años de vida.

Y constituyen casi la fuente principal de ingresos de la población; no sólo por sus dorados y sabrosos frutos, codiciados en España y fuera de España, por existir un fuerte negocio de exportación, sino porque una clase de ellas, se dedica a explotar las palmas de las copas para ser utilizadas en el Domingo de Ramos, como el mismo Deverell había comprobado en Córdoba. Para ello es preciso lograr que esas hojas se blanqueen y adquieran esa bella tonalidad dorada pálida que las caracteriza, lo que se consigue atando las copas para dejar su interior protegido de la luz, del aire y de la humedad. Cuando la Semana Santa se aproxima, son abiertas las copas, cortadas las ramas, seleccionadas las palmas y remitidas a todos los pueblos de España para ser utilizadas el Domingo, al que ellas han prestado su nombre, como signo de bienvenida al Señor. En unas ocho mil se calculan las palmeras que cada año se dedican a ese menester.

Recoge el procedimiento de fecundación, casi artificial, para llevar el polen de la palmera macho a la hembra. Y recuerda que estos descubrimientos botánicos, que el hombre cree que son conquistas y consecuencias de sus estudios, no son sino cosas sabidas y archisabidas desde la antigüedad y que constituían, desde que el mundo es mundo, el acervo de conocimientos prácticos de generaciones y generaciones de gente aldeana y campesina. Esto le lleva a una digresión sobre la vanidad humana y sobre el escaso número de cosas que, pareciendo nuevas, flamantes metas alcanzadas por el hombre, no resulta que eran ya patrimonio de los pueblos más viejos.

Como en Elche se propone estar varios días y satisfacer plenamente el ansia que tenía de conocer la comarca, decide buscar alojamiento que le satisfaga y lo encuentra en el Nuevo Restaurant y Hospedería de Juan Martínez y Caí; es un alojamiento excelente, limpio, sin ser grande, con buenos dormitorios, comida satisfactoria y vino muy bueno. Deverell nos describe minuciosamente el local. Una entrada fresca, las puertas con cortinas para preservar el interior del calor y del polvo de la calle, con el clásico tinajero español al fondo, teniendo a derecha e izquierda, el comedor y otras habitaciones. Unas escaleras conducen a los dormitorios que hay en el piso superior. No tiene sala de estar, deficiencia sin importancia porque el viajero, en Elche, tiene poca necesidad de entretenerse en casa.

El establecimiento, antes, se encontraba bastante desprestigiado y no era aconsejable para albergarse en él un extranjero; pero el nuevo dueño, que lo tiene sólo desde hace cinco meses, ha logrado mejorarlo, darle fama y crédito, y espera que dentro de poco esté todavía mejor y a la altura de los mejores hospedajes en ciudades similares.

En ese año, se está construyendo un ferrocarril que desde Murcia, pasando por Elche, llegue hasta Alicante; el obstáculo que supone el barranco por donde discurre ese simulacro de río que cruza la ciudad, ha sido salvado con un hermoso puente; la Estación se está construyendo en medio de un bosque de palmeras. Cuando ese nuevo sistema de comunicación se inaugure, todos esperan que Elche se vea más concurrido de visitantes que quieran gozar del pintoresco ambiente y bello paisaje que caracterizan a la ciudad. Deverell conoce al ingeniero que dirige estas obra, un español con sangre americana y hablando correctísimamente el francés. Se hospeda en la misma fonda y come a su lado.

El dormitorio que le asignan está orientado al Norte nordeste. Tiene un amplio balcón y a él se asoma con casi religiosa expectación v emoción para mirar al paisaje y esa emoción le lleva a entonar un inspirado canto a la palmera, a su esbelto fuste, a su glorioso penacho de verdes hojas, a sus racimos dorados pendientes de ellas en la cumbre, a su noble longevidad y su prolongada fecundidad hasta en la vejez; en suelos arenosos, en climas secos, en peladas llanuras y desiertos, la palmera ofrece al caminante extenuado un reposo fresco y seguro. Estas excelencias de la palmera, traen a su memoria otra cita bíblica: «El justo florecerá como la palmera; crecerá como el cedro del Líbano; plantado en la casa de Yahvé; crecerá en los patios de la mansión del Señor; en su vejez dará todavía frutos y estará fresco y lozano». Y a continuación recuerda a Salomón cantando a la esposa: «En tu gallardía te asemejas a la palmera». Y para final la cita postrera de este momento; «Y llegó una gran multitud; llevaban ramos de palmas gritando: «¡Hosanna! Sea bienvenido el que llega en nombre del Señor».

Para mejor ordenar su tiempo desea enterarse bien de las horas a que se come y cena y le dicen que a las diez de la mañana y a las siete de la tarde, y nosotros nos quedamos pensando que debió existir alguna confusión ante lo anómalo que es ese horario dentro de las costumbres españolas, aun en las zonas rurales; y, en efecto, almuerza después de las doce y cena pasadas las ocho de la noche. Sale a dar una vuelta y ve a un chico elevando una Cometa; le agrada ver como los chicos españoles tienen la misma costumbre saludable y entretenida de los ingleses, y espera que algún día esa imitación les lleve también a jugar al cricket. Más adelante se tropieza con la comitiva que anuncia por las calles un Circo que actuará en la ciudad ese día.

En su deambular por la ciudad ve la insignia de la media luna en la fachada de un edificio; al principio no supone que se trate de vestigios o signos externos de la dominación morisca, conservados todavía, porque recuerda que hace centenares de años que los moriscos habían sido expulsados; pero después piensa que es muy verosímil que así sea, dado el estancamiento de la vida en Elche y la pervivencia de maneras, costumbres y edificaciones de aquella época. Mirando más detenidamente, ve que son varios los signos similares en el edificio, bastante amplio, y se preocupa de suplicar a su huésped que le aclare tal peculiaridad. Se le informa que esa casa es el palacio del marqués de Lendinez, poseedor de una valiosa colección de antigüedades y su informante le promete gestionar la posibilidad de que el Marqués le permita visitar su casa.

Almuerza muy bien y decide asistir a la función circense. Invita a un muchacho y pasea un poco por las cercanías para hacer tiempo. Contempla el antiguo Alcázar, que es hoy una prisión o cárcel, y se tranquiliza viendo que los asesinos, ni siquiera en Elche, ciudad estancada, son desconocidos. Asiste a la función de Circo que es bastante aceptable.

Al regresar a la Fonda, a cenar, su huésped le da la agradable noticia de que ha obtenido del marqués de Lendinez una invitación para que nuestro hombre pueda conocer su casa y colecciones, después de Misa. Charla un poco con su huésped y su esposa que se lamentan de la pobreza española, frente a la riqueza inglesa. En un periódico que hay sobre la mesa lee unas noticias sobre la «mano negra» y sus huéspedes se apresuran a informarle que en Elche no existe nada de eso y que esa plaga es peculiar de Andalucía, atribuyéndola a la deficiente forma como se encuentra repartida la tierra en aquella región donde son frecuentes los grandes latifundios que contribuyen a fomentar el descontento de los que carecen de tierras y la violencia y represalias contra los terratenientes poderosos. En Elche —le dicen— la tierra se encuentra muy repartida- Aun el propio marqués de Lendinez, cuya casa va a visitar el día siguiente, y persona de las más ricas de Elche, no lo es a la manera que lo son los ricos de fuera de España y su principal fortuna se encuentra en Andalucía.

Deverell se extiende en una larga divagación sobre esta errónea creencia que no es peculiar de España, ni mucho menos, que él ha oído exponer a muchas gentes en Francia y en Inglaterra. Se retira a descansar para levantarse al día siguiente a las seis de la mañana y poder, antes de la Misa, dar una vuelta por los alrededores. Su curiosidad le lleva a entrar en alguno de los huertos de palmeras para ver como son plantadas y cultivadas y ello le hace llegar con retraso a la Iglesia; a las ocho y media cuando están ya en el sermón; el sacerdote habla a los fieles sobre el Espíritu Santo, tema apropiado puesto que ese día es Domingo de Pentecostés. Tiene que marcharse antes de que el orador sagrado termine su plática para no ser descortés, faltando al a puntualidad, con quien le invita. Y contra las leyendas que corren sobre la puntualidad española, comprueba que ha llegado un poco tarde y que en lugar de esperar él al Marqués, como manda la cortesía, el Marqués le estaba esperando.

Este marqués de Lendinez, en 1884, es don Rafael Brufal y Melgarejo y habita una vieja casa, grande, vetusta, parte de la cual fue construida por los romanos v le recibe con ademán ceremonioso v amable. Tienen una conversación breve en el salón, v pasan pronto a visitar el Museo de la casa formado, en su totalidad, con objetos recogidos en excavaciones por los alrededores de Elche y predominando las antigüedades romanas.

Pero el Marqués es un buen numismático y posee una excelente colección de monedas antiguas, perfectamente ordenadas, rigurosamente catalogadas y revelando la obra de un estudioso más que de un mero aficionado. Cuando examinan las riquezas atesoradas por don Rafael, hace su entrada en la habitación la Marquesa que produce excelente impresión en nuestro hombre; la acompaña su hija, una niña, que juega con una mariposa. Deverell, en su interior, se escandaliza pensando que cuando en España se acostumbra a los niños a jugar y a martirizar pequeños bichos indefensos, no es extraño que de mayores gozen con el espectáculo cruel de las corridas de toros; pero su honestidad le lleva rápidamente a reconocer que también los niños ingleses —y él mismo en su infancia— juegan con mariposas y torturan a placer a los indefensos animales. La niña, con gesto ingenuo, ofrece su paciente mariposa a Deverell «para su hijita» según le traduce el Marqués ante la difícil comprensión del balbuciente lenguaje de la pequeña... pero Deverell es un recalcitrante solterón. Quien sale ganando de este torneo de cortesías e incomprensiones es el desventurado insecto que aprovecha la ocasión para escaparse de las manos de la niña y huir por un balcón, con gran satisfacción de nuestro hombre.

Se asoman a los balcones del palacio desde los que se goza de una bella vista sobre la ciudad; el Marqués le obsequia con un cigarro puro que, aun no siendo Deverell sino muy mediano fumador, le acepta complacido. Al despedirse le muestra su gran gratitud por la atención que le ha dispensado, y se marcha a la Fonda.

Recibido por el marqués de Lendinez, nuestro hombre ha ganado la suficiente celebridad y ya tiene abiertas todas las puertas de Elche; su huésped le lleva de visita casa de uno de sus amigos y esta visita le sirve a nuestro hombre para hacer una extensa digresión sobre las excelencias de la cortesía española en materia de hospitalidad, dedicando más de una página a las alambicadas fórmulas de civilidad, en tales casos, de llamar su casa, a la en que el invitado es recibido: Esta es su casa... ¿No quiere vd. honrarnos entrando en su casa...?

Visita al Casino, y más tarde nueva visita a la Iglesia porque ha percibido, frente a ella, muchos hombres parados en respetuosa actitud, que de vez en cuando bajan la cabeza solemnemente y en señal de reverencia.. Comprueba que se trata de un entierro y deja constancia de la costumbre, en España, de llevar a la Iglesia los cadáveres.

Regresa a cenar. En el comedor celebran una cena alegre el Ingeniero que dirige las obras del ferrocarril y algunos amigos; cena con champagne. Le invitan; declina; le vuelven a invitar; vuelve a declinar; ofrecimientos de cigarros. La comida es buena y la gente muy obsequiosa. Cuando al terminar, salen todos a tomar el café fuera de la Fonda. Reiteran la invitación y él insiste en su rehúso. Este torneo da pie para otra larga digresión en materia de cortesía en las invitaciones y ofrecimientos. El español ofrece siempre todo lo que parece agradar a su interlocutor, o lo que él cree que puede serle útil; pero una sutil gama existe en estos ofrecimientos. El primero es de pura cortesía y es absolutamente necesario declinarlo como esencial deber de educación; el segundo, significa ya un propósito serio de obsequiar, pero entonces la cortesía aconseja rehusar de nuevo; y sólo la tercera insistencia es la que permite una aceptación dentro de las normas usuales de civilidad.

Deverell decide partir para Murcia, pasando antes por Orihuela, en la diligencia que sale a las diez y media de la mañana. Desayuna y su huésped le invita a no tener prisa porque hay tiempo suficiente, aunque a la postre tenga que andar a carreras porque le avisan que el coche se encuentra a punto de partir. Satisfecho de la cortesía con que ha sido tratado, intenta remunerar a su huésped regalándole un cortaplumas inglés que el huésped ¡como nó, después de lo que hemos visto!, rehúsa. Sólo a instancias de su esposa lo acepta tras reiteradas insistencias. Deverell se marcha muy contento. Ha pagado dos dólares por dos días, por dormir, desayunar, almorzar y comer con buenos manjares y excelente vino, sin extras de ningún género. Es lo más barato que ha pagado jamás y, en varios sitios, Málaga Barcelona, Madrid y Santander, le costó el doble y aún el triple. Da por bien empleados esos dos días.

De paso hacia Orihuela encuentra en Crevillente, en Cox y en Callosa, algarabía en las calles y tañido de campanas que él atribuye a que es lunes de Pentecostés creyendo que esa festividad se celebra en España como en Inglaterra. Al llegar a Callosa, encuentra ya la huerta espléndida. Llega a Orihuela a las dos de la tarde con el proyecto de pasar allí la noche porque le han encarecido el carácter oriental de la ciudad. Gran calor, pero un calor seco y tolerable. Excelente huerta, regada por el Segura y casi rival de las de Valencia y Murcia; riqueza proverbial que ha dado motivo a refranes y dichos de que ya tienen conocimiento nuestros lectores por los artículos anteriores: «llueva o no llueva, trigo en Orihuela». Pero después de haber visto Valencia y, sobre todo. Elche, esta ciudad en donde se encuentra ya nada tiene que enseñarle en materia de orientalismo y decide seguir adelante. Y apenas cambian los tiros de caballos de la diligencia continúa hacia Murcia (...)".