Navarro Pomares, José

Lugar de nacimiento: 
Elche
Fecha de nacimiento: 
27 de septiembre de 1941
Biografía: 

NAVARRO POMARES, José (Elche, 27-IX-1941)

Entrevista realizada por Miguel Ors Montenegro, mayo de 2015.

"Mi primer recuerdo, cuando tengo cinco o seis años es la cartilla de racionamiento. Acompañaba a mi madre a por el pan o lo que fuera. Fui el primogénito de cuatro hermanos, de los que fallecieron dos. Una hermana mía, Rosalía, falleció por tosferina en 1945. Nací en el barrio del Raval hasta que al poco tiempo nos trasladamos al barrio de La Zapatillera, en la calle Martín de Torres. Recuerdo que sería por el año 1950 cuando se celebró el Congreso Eucarístico, en aquel tiempo en el que cantábamos obligatoriamente cuatro veces el Cara al Sol a las nueve, a las doce, a las tres y a las cinco. Y los sábados por la tarde el Rosario en latín. La madre que los parió. Fui a la escuela de don Honorio frente a Santa María, en la esquina de la calle San Pedro. Recuerdo también la ventanita pequeña de  la Calahorra que aún está y que yo miraba todos los días en el camino a la escuela. Don Honorio castigaba lo normal en aquellos tiempos. Fue un maestro muy comedido en el aspecto religioso. Él, don Julio y don Enrique Mancheño creo que fueron lo que más prestigio tuvieron en aquellos años.

Mi padre, José Navarro Rubio nació en 1916 y fue soldado en el ejército de la República y participó en la travesía del Ebro. Acabó en Francia en Barcarès, al lado de Perpignan. Mi madre le pudo enviar papeles para que le pusieran en libertad. Me contó que conoció al Campesino. Siempre pensó que los dos bandos  cometieron errores. Sus ideas siempre fueron liberales sin extremismos. Fue un buen contable administrativo y trabajó en La Zapatillera, con los Samper y en los años sesenta tuvo una participación e la empresa Samper, March y Navarro. La fábrica estuvo junto al cine Central, en lo que hoy es un bingo. Hasta que llegó una crisis y tuvo que cerrar la empresa, estuvo unos 25 años. Me acuerdo –yo tendría entonces 15 años- que una noche llegó muy triste y me dijo: “Pepito, esto se cierra porque ni los bancos ni los proveedores no son capaces de darnos un alivio”. Fue muy duro para mi padre porque ya tenía una cierta edad, tres hijos que vivían y los amigos no resultaron como tales. Se empleó en la fábrica de Samper en la calle Fray Luis de León unos 15 años y cuando Samper pasó a ser Uniroyal intentó entonces montar una fabriquita que le dio para vivir durante 10 años. Cuando me convertí en un alto ejecutivo de Uniroyal, pedí a los directivos que le dieran trabajo a mi padre y allí estuvo en sus últimos años laborales. Fue cuando Pepe Samper ya había vendido Uniroyal. El padre de Pepe, José Samper Marco y mi padre fueron muy amigos. Mi padre murió en el año 2000, no llegó a conocer el euro. Mi madre, Rosario Pomares Piñol, trabajó en la Hiladora y su padre fue menaor y acabó siendo conserje de la Casa de Socorro, el tío Pomares, don José Pomares. Estuvo por lo menos 20 años: el hombre de la gorra. Una familia la de mi madre muy modesta con siete hermanos.

De niño no me di cuenta de las carencias porque formaba parte de la vida cotidiana. Mi padre era un empleado que debía ganar unas 200 pesetas al mes con lo que no pasamos hambre. Pero todo era muy parecido para todos: jugábamos al fútbol, llegábamos a casa llenos de heridas, cenábamos, nos acostábamos y poco más. Me intentaron hacer de la OJE pero no quise. Recuerdo que una vez don Honorio preguntó quién prometía que iba a ir a misa todos los días de Semana Santa y que se pusieran de pie los voluntarios.  Me quedé avergonzado porque quise ser honesto y fui el único que no se levantó. Recuerdo como compañeros a Rafael Legidos, José Girona, Emilio Brotons (de la perfumería Brotons). Éramos seis en la mesa primera y llegamos a un acuerdo para cuando teníamos que cantar el Cara al Sol y cantar la frase “si te dicen que caí” cantábamos “taulahi”, porque no se notaba la diferencia. En casa hablábamos valenciano y en la escuela utilizábamos las dos lenguas, el castellano y el valenciano.

A los 12 años, en 1953, me fui a la Academia Levante con el señor Bartet, de origen francés y don José. Allí hice el peritaje. Hacer perito mercantil equivalía al bachiller superior y era todo un lujo. Te preparabas en la academia y te examinabas en Alicante. Conseguí el aprobado y la tarjeta de perito mercantil, después de cinco años de estudio. Combiné los estudios con el fútbol, que me apasionaba. Jugué en los campeonatos locales, en la Unión Juvenil Altabix y con posibilidades de dedicarme al fútbol. Jugué con Marcial Pina. Yo vivía en Altabix muy cerca del cuartel de la Guardia Civil donde vivía Marcial al ser su padre Guardia Civil. Jugué al fútbol hasta los 20 años, con Mauri, Antonio Martínez El Toñina, El Pastoro, Jaime El Pirata –que fue funcionario del Ayuntamiento-. El Betis era el mejor equipo de los campeonatos locales y su entrenador, Patricio Soto, se llevó a Marcial, a Lico y a cualquiera que despuntara.

Comencé a trabajar a los 16 años con un salario de 25 pesetas al mes como administrativo de la fábrica de Samper que estaba en el Canal, en la calle Fray Luis de León. Mi padre ya estaba allí y el jefe era Samper Marco con sus dos hijos. Tenían socios ilustres como Lucerga, Sansano y Ferrández, los que metieron capital cuando se produjo la crisis de Samper. Samper padre era más apariencia que realidad, aunque parecía capaz de conquistarlo todo. Pepe Samper en cambio, sí. Era muy metódico, muy duro con sus empleados. El padre era todo un figura. Cuando vendió Uniroyal, se fue a Nueva York y le llevó un ramo de flores a la mujer del presidente de la Compañía. Eso en la década de los sesenta.

En torno a 1962-1963 Samper vendió todos sus activos a la empresa norteamericana Uniroyal y me incorporé a ella. La presencia norteamericana se había iniciado con la visita de Eisenhower a España en 1953. Uniroyal era la multinacional número 25 del mundo. Vendía muchos productos y vieron la oportunidad de comprar una fábrica de calzado. De calzado producían unos 150.000-200.000 pares diarios en una factoría en Connecticut que pude visitar en 1968 y decidieron fabricar 20.000 pares diarios en España. Tampoco resultó porque la historia la viví de principio a fin. Me quedé impresionado de ver en Estados Unidos una planta con 6.000 trabajadores y que el director de calidad pudiera parar la producción en cadena apretando un botón si veía que no se estaba haciendo bien. Los Keds de Uniroyal fueron la primera campaña de publicidad que se hizo en televisión de una empresa localizada en Elche. En Estados Unidos Keds competía con Adidas porque no existían todavía ni Nike, ni Redbook, ni New Balance. Los Keds que se hacían en Elche eran un vulcanizado con una lona y nada más. Samper lo vendía por 19 y en Estados Unidos se vendía por 55 pesetas. En un tiempo en que sólo Keds y Panters hacían publicidad por televisión en el mundo del zapato. Lo de Paredes vino después.  Cuando entró Reiner en la empresa, se dejó de gastar en publicidad.

Entré en Uniroyal y seguí en Festival. De aquí salí un año antes de cerrar porque un buen amigo me hizo una oferta. En Esquivias (Toledo), en la fábrica Tiburón, presidente del Ilicitano, que tenía tiendas en Madrid.  La fábrica Tiburón había tomado el nombre del empresario ilicitano y fabricaba sólo para Los Guerrilleros de Madrid. Esquivias era un auténtico desierto. Nos fuimos toda la familia –tres hijos entonces- a vivir a Aranjuez y a los seis meses nos volvimos porque aquella empresa estaba muy desorganizada y aquello no era vida. Los patrones no servían y el propietario –Manolo, ilicitano- decía que hiciéramos pares y que no me preocupara. Fue en 1975. Al año siguiente la empresa cerró. Yo venía de una experiencia como la de Uniroyal que se basaba en tecnología, organización, productividad, todo hecho con profesionalidad y lo de Esquivias era cosa de un aficionado, que así le fue. Yo le decía que para qué me había contratado si no hacía caso alguno. Ganaba allí el doble de dinero que en Elche pero trabajaba de siete de la mañana a 10 de la noche y veía a mis hijos los fines de semana. Además, había que pagar el alquiler de una buena casa e ir a Madrid los fines de semana, por lo que dinero neto en el bolsillo era poco menos que lo mismo. Mi mujer me dijo que estábamos a tiempo de volver a casa. Así que le dije al propietario que me iba. En Uniroyal ganaba 18.000 pesetas como director de desarrollo y en Esquivias 36.000-40.000 pesetas mensuales. Los americanos, como buenos americanos, te daban muchos galones, despacho, viajes, pero el sueldo era justito. Allí todo era oficial, no existía el dinero B.

Vuelvo a Elche en 1981, un 20 de marzo, con una nevada impresionante y vuelvo a Uniroyal porque a mí me habían dicho que podía volver cuando quisiera. El director general entonces era Alex Perper y el interventor Brown. Los que tocaban el dinero eran norteamericanos. Entonces a los dos días me llamaron también de La Zapatillera, Paquito Navarro que estaba con Pujalte –ya se habían peleado con los Samper-, al lado del campo de fútbol. Paquito Navarro se  había enterado por su yerno, Coquillat, que yo había vuelto. Me ofrecieron una participación y cinco veces más que Uniroyal. Me encargaron la dirección general de la fábrica de cauchos –había también fábrica de zapatos-. La familia me dijo que ni lo pensara. Fue un año muy duro porque me encontré con una plantilla muy envejecida, una fábrica muy viciada. Me llamaron para que fuera como el salvador de aquello. Yo tenía entonces 40 años. Recuerdo que se rompió una máquina y la producción se redujo a la mitad. Y me fui, pedí el despido y me fui.

Volví a Uniroyal y me dijeron que no les hiciera otra vez lo mismo. Estuve otros dos años, entre 1983 y 1985. Dos años de éxito comercial pero la empresa Festival entra en una dinámica insoportable. Entonces me vino una oferta en 1985 y me fui a Vulcasa. Me buscaron y como socio mayoritario se me ofreció una participación como socio y la dirección general de exportación. Vulcasa era una empresa comercial que no fabricaba y con una sección de exportación. Se trataba de un zapato vulcanizado de tipo medio bajo, parecido a lo que yo me dedicaba en Uniroyal. Estuve cinco años muy bien y me gustó mucho por la agresividad y la tecnología que tenían. Allí ganaba 500.000 pesetas mensuales y una participación en las acciones del 23%. Fue bien hasta que entraron nuevos gestores y a los seis meses se descuadró todo. Les dije que si yo era el director que las directrices las tomaba yo. Fue entonces cuando mi mujer, Esperanza Pertusa, me sugirió que después de tanto rodaje que iniciáramos nuestro propio negocio y fue cuando nació Gioseppo.

Gioseppo comenzó en 1991, a finales de 1990. Fue en mayo cuando empezamos a trabajar. Yo tenía entonces 49 años. Teníamos a un hijo terminando sus estudios universitarios. Le dije a Evaristo que hicíeramos cuentas y me fui con unos 10 millones de pesetas. Le dije que le vendía las acciones por lo que me debía y con su orgullo aceptó. Así comenzamos en la Semana Santa de 1990. Le hice creer a Valls que me iba a Estados Unidos a comprar la marca Keds y lo que hicimos José Miguel y yo fue irnos a China en 1990 y conocer aquel mundo. Fuimos diez días. Yo había estado unos años antes con Evaristo Valls. Lo que había conocido eran fábricas dirigidas por jefes del Partido Comunista muy poco recomendables. El nombre de Gioseppo viene porque yo en Uniroyal había trabajado mucho con la oficina de marcas y patentes y le dije a mi hijo que debíamos buscar un nombre a la empresa. Mi hijo me dijo que sus amigos le llamaban Gioseppo y fuimos a ver si no existía la marca en la clase 25 que es la denominación mundial para el calzado y el textil. Registramos la marca que hoy es nuestro mayor activo en el mundo. Mandamos nuestros zapatos a Torrevieja o a Rusia y nuestro producto está protegido. Es el valor más importante de una empresa.

Los primeros seis meses estuvimos en un pisito que tenía yo de 60 metros cuadrados en la Puerta de Alicante. Compramos un ordenador y estuvimos primero José Miguel, mi mujer y yo y al poco tiempo se incorporó mi hijo Germán. Posteriormente contamos con Loli que era mi secretaria en Vulcasa y que sigue trabajando con nosotros. Estuvimos dos años dando tumbos porque yo suelo creérmelo todo y todos los amigos que yo pensaba que tenía en Europa, desde Grecia a Francia o Inglaterra iban a ser mis compañeros de arranque. Pero mi antiguo socio Evaristo fue pícaro y dijo a los posibles clientes que tenían que elegir entre él o yo. Todos se quedaron con él. Mi mujer les dijo que habían traicionado a su marido y le contestaron que tenían que comer y que necesitaban seguir igual. Y aquello acabó siendo para mí una de las grandes fortunas porque empecé de cero, creyéndome que todo estaba por hacer y que nadie me iba a apoyar. A los 50 años no me podía permitir un fracaso porque vivíamos como los ángeles con 500.000 pesetas al mes en aquellos años y con un par de milloncitos a finales de año. Aquello nos daba un status económico y social muy bueno. Teníamos una casa en Santa Pola, un chalet… y dormíamos sin avales. Fue sin duda la gran decisión de mi vida y la empresa que tenemos hoy es nuestra cien por cien, creada de la nada y puedo presumir que tengo empresa en marcha para mis hijos y si me apuran hasta para mis nietos.

En los primeros años, hasta 1992-93 facturamos para seguir comiendo, sin deudas, con mucho cuidado. Comprábamos en Alhama y en China un poquito, pero el primer año fue horroroso y nos salió rana la persona en la que confiamos. Un hongkonés que resultó ser un sinvergüenza que nos quiso estafar. En los años noventa ir a China suponía aceptar las reglas del juego, que eran ir con un hongkonés que controlara el país o no podías pasar por idioma y por falta de cultura económica. Necesitabas a un hongkonés como interlocutor para cualquier negocio que pretendieses, tanto para muestras como para cartas de crédito, para todo. La segunda vez lo que hicimos fue buscar a un chino que hablara inglés. Comenzamos a trabajar con Mr Huo, que era un empleado del Gobierno y al que le compramos zapatillas de peluches que estaban de moda. El primer contenedor tardó seis meses en llegar porque, como pagó él el transporte, buscó el más barato y el contenedor estuvo parado en Singapur tres meses. Fue horroroso. Compramos por un dólar y vendíamos a cinco dólares. El nos dijo que buscaría la fórmula para mandarnos directamente desde la fábrica de Nanching hasta Barcelona. Luego hicimos algo de training con otros. Vendíamos a Bernabeu que tenía una comercial en Elche, Carrefour, Alcampo, Eroski, Zara… con ventas el 60% a grandes firmas. Un caminito para Gioseppo difícil porque no había manera de entrar que por las grandes firmas, por la feria de Garda. Y vimos que íbamos a menos.

Fue entonces cuando, con mis hijos José Miguel y Germán, tomamos la decisión de comprar una nave industrial, la primera que se hizo, en el polígono industrial de Torrellano-Saladas, la primera que se hizo. Me acuerdo que estaba yo en China intentando que me fabricaran y mi mujer y José Miguel fueron a ver a un tal Guilabert, que tenía muchísimo terreno en Carrús. Fue cuando en Pimesa estaba Pepe Bañón que luego trabajaría con Paco Borja. Pero mi  mujer, que es de mente rápida, decidió comprar en el polígono de Torrellano porque vio enseguida un enorme potencial en aquel lugar. Teníamos una nave de unos mil metros, oficinas y a nuestra gente y pensamos entonces que el futuro era vender tu propia marca. Hicimos los primeros pinitos vendiendo a los detallistas en España, Portugal, Grecia y cada vez vendíamos menos a las grandes superficies porque la cuenta de resultados lo decía muy claro. Grandes cifras como 200.000 pares pero después perdías dinero. Decidimos que había que hacer nuestra propia distribución con nuestra marca y donde su pudiera. Aumentamos así las ventas un 20% cada año, siempre con beneficios, porque eso lo aprendí de mi padre que decía que no vendiera sin beneficios. Fuimos creciendo y a los cuatro o cinco años compramos otro local que también se quedó pequeño. El dinero que teníamos ahorrado lo invertimos en comprarle a Paco Borja el espacio que ocupamos hoy. Fue hace cinco años, en la navidad de 2009 cuando terminamos nuestras actuales instalaciones, en la época de mayor crisis, obra del arquitecto alicantino Ricardo Miñana, que le puso muchas ganas. Y gracias a estas instalaciones hemos conseguido muchos contactos con clientes alemanes, marroquíes. La imagen nos ha dado muchos activos. La verdad es que hacer este polígono industrial fue una idea genial porque la gente se estaba yendo a Orihuela a Albatera o donde fuera. Vienen clientes de otras zonas y hablan muy bien. Por ejemple, gente del Corte Inglés que viene en avión y trabaja con unos 10 proveedores sin salir del polígono industrial. Transportistas están todos, incluidos los buenos de Alicante. Es el futuro de Elche. Y lo que hay que mejorar mucho es el polígono industrial de Carrús. La verdad es que no vivimos la crisis y lo digo con orgullo. Había que vender zapatos con beneficios para poder superar un mal viento.

Políticamente, y siguiendo la idea que me inculcó mi padre, me considero un hombre liberal. Ni socialista ni de derechas, liberal y amante y defensor del ser humano. En los primeros años de la democracia, Juan Bautista Castaño, Manolo Ortuño, Andrés Navarro, Salvador López y Juan Boix crearon Alianza Popular. A mí me unía con Andrés Navarro una fuerte amistad y le dije que con todos mis respetos, aquello olía a rancio. Pero me picó la curiosidad y llegué a militar. Fue en 1992-1993 cuando el partido lo dirigía Manuel Ortuño –los dos habíamos jugado al fútbol junto al cuartel de la Guardia Civil y mi mujer y la suya son amigas- y me dijo que formara parte del Comité del partido en Elche, comité que se reunía dos veces por semana. En 1994 ó 1995 me nombró Secretario General y me acuerdo que en el momento del cambio en el que entró Aznar –en 1995- le dije a Manolo que si no reconocía nada bien que hubiera hecho el Partido Socialista, nunca llegaría a gobernar la ciudad. Le dije que se equivocaba de estrategia y que era necesario reconocer lo que se hubiera hecho bien por parte del Partido Socialista y que había que ganarse a gente que estuviera con ellos. Hubo personas que estaban en el Comité que me dijerono que cómo me había atrevido a decirle tal cosa. Luego llegó la falta de entendimiento entre Manolo Ortuño y Zaplana y me vino un día y me dijo que había pensado en que yo fuera el cabeza de lista en 1995, justo cuando acababa de crear mi empresa. Para un hombre como yo, nacido en el Raval, poder ser alcalde de Elche…".

 

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