Martínez Antón, Josefa

Lugar de nacimiento: 
Daimés
Fecha de nacimiento: 
23/11/1944
Profesión: 
Aparadora
Biografía: 

Josefa Martínez Antón

"Tengo 73 años, casada  con tres hijos y cuatro nietos. Soy hija de agricultores, mis padres y abuelos se dedicaron toda su vida a cultivar la tierra. Éramos cinco hijos de una familia humilde que vivía en una pequeña casa en la partida de Daimés. Hasta los 29 años trabajé con mis padres, trabajar con ellos no me gustaba, eso de cosechar cosas y luego ir con el capazo de un lado para otro no era lo mío, así que le pedí a mi vecina, que era aparadora, que me enseñara a aparar para trabajar en casa. Me caseé con 21 años, muy joven, en aquella época todos nos casábamos a esa edad. Conocí a mi marido cuando trabajaba en el campo. Él siempre se ha dedicado a lo mismo, a podar árboles, preparar la tierra para poder cultivarla o arrancar las malas hierbas.

Nos fuimos a vivir con mis padres, ya que no teníamos los ahorros suficientes para poder hacer frente al pago de una casa nueva, pero cuando pudimos nos compramos una casa en La Hoya. Yo estaba cansada de vivir en el campo y tener que coger la bicicleta para ir a hacer los recados. Tenía 28 años y dos hijos y necesitaba un cambio de aires. Cuando me trasladé a La Hoya fue cuando me convertí en aparadora.A los tres meses del cambio mi madre cayó enferma y murió y mi padre se vino a vivir con mi marido y conmigo. Ser aparadora era un trabajo que podía compaginar con las tareas de casa. Nunca he trabajado en fábricas o talleres, cosa que me hubiese gustado pero la vida es muy caprichosa y nunca pude moverme de esta silla. Cuando empecé a enseñarme con mi vecina no ganaba jornal, empecé cortando hilos y de fijarme en como ella hacía la faena, aprendí, yo era muy espabilada. En cosa de mes y medio ya sabía aparar perfectamente. Me compré una máquina y empecé a trabajar yo sola en casa. Da igual los años que lleves dedicándote a este trabajo, las aparadoras estamos en continuo aprendizaje, cada faena es distinta. Los modelos de zapatos cambian todas las temporadas.

Debería de estar jubilada, pero sinceramente necesito hacer algo, los días son muy largos y aunque tenga que cuidar de los nietos, necesito trabajar, estoy acostumbrada a estar ocupada desde los 12 años. Lo malo de no haber trabajado en una fábrica es que ahora tendría una paga, ahora no tengo nada, y con lo que cobra mi marido no es suficiente. Con lo que me saco de hacer esta faena por lo menos me puedo permitir irme a cenar a algún sitio, o hacer alguna excursión que se organiza para los jubilados.

Pero he tenido muy mala suerte. Primero tuve que cuidar de mi madre, luego de mi padre y de mis hijos. No me podía mover de mi casa y no tenía el apoyo de una madre, mis suegros también se pusieron malos así que así es la vida. Cuando pude irme a trabajar, entonces no me contrataban en ningún sitio porque era demasiado mayor. El tiempo se me echó encima. Por suerte no tengo ninguna dolencia, ni cervicales, ni las manos, eso sí empecé tarde a dedicarme a esto.

La crisis dónde más se ha notado ha sido en el calzado, ahora las fábricas solo me dan 17 pares para toda la semana y son números sueltos, no como antes que las partidas eran muy grandes. Quieren la faena muy bien hecha y la pagan muy mal.

De mis hijos sólo uno se ha dedicado al calzado y lleva desde los 16 años, para la misma fábrica en la que yo hago el trabajo. Aquí todo lo que hay son talleres clandestinos y de una manera u otra se han librado de las inspecciones, con dinero de por medio claro. Es un trabajo que me gusta, es como una terapia, me sirve para estar activa y sentirme que soy útil. Me siento orgullosa cuando veo un zapato que yo misma he hecho y eso compensa más que todo lo negativo que tiene este empleo".