García Irles, Rosa

Lugar de nacimiento: 
Elche, La Hoya, Camí dels Patiños
Fecha de nacimiento: 
15 de enero de 1922
Profesión: 
Agricultora
Biografía: 

GARCÍA IRLES, Rosa (Elche, 15-I-1922).  Nació en el Camí dels Patiños, 28, situado en la partida de La Hoya de nuestra ciudad. Nació en una familia humilde, siendo la primogénita de Tomás García y Asunción Irles y la mayor de tres hermanas. Su nacimiento se produjo un año antes de la proclamación de la dictadura de Primo de Rivera en 1923. La propia protagonista nos narra lo difíciles que eran aquellos tiempos y la escasez de recursos y oportunidades con las que contaban. Es anecdótico como relata que, durante el breve periodo de tiempo en el que asistió al colegio, tenía que llevar su propia silla y pupitre si quería sentarse. Allí aprendía cosas muy básicas como leer, escribir y operaciones matemáticas sencillas, pero no fue por mucho tiempo puesto que, tras el nacimiento de sus dos hermanas, su madre prefirió llamar a un profesor que viniera a casa (El tio Tomaset), con el que aprendió fundamentalmente a leer antes de marcharse a trabajar en labores agrarias a la edad de nueve años. A lo largo de toda su juventud estuvo trabajando en diversas labores agrarias como la recogida de olivas, ñoras, etc., además de cuidar de sus hermanas y ayudar a su madre en las labores del hogar.  Durante este período de tiempo se muestra ajena, por su corta edad, a cualquier cambio político como fue la proclamación de la Segunda República Española en 1931. Sin embargo sí recuerda lo que sucedió a partir de 1936. A la edad de catorce años la situación dio un giro completo, la escasa estabilidad que podían llevar se vio afectada por el estallido de la Guerra Civil Española. El conflicto llegó a todos los rincones del país, se acababan las reuniones de los domingos con los amigos para jugar al “anillo”, vecinos, amigos y familiares eran reclutados para formar parte de los ejércitos de “las dos Españas” y luchar en la guerra fratricida. Rosa relata que los militares llegaron a la casa donde vivían con la intención de llevarse a su padre a la guerra pero finalmente logró quedarse.  La economía de guerra y la miseria marcaban el día a día, la llegada de las autoridades era imprevisible y con ella llegaba también la confiscación de alimentos: “Cuando los veíamos asomar por el camino ya sabíamos a lo que venían. Ellos entraban, veían lo que teníamos y se llevaban todo lo que querían, oponerse era inútil, mi madre repetía una y otra vez por qué se lo tenían que llevar sin recibir justificación. Sabíamos que esos alimentos se los llevaban para alimentar a los militares pero el hambre también estaba presente en nuestra casa. Mi padre escondía todo lo que podía, arriesgándose a que fuera encontrado y exponiéndose por tanto a posibles represalias. Una ocasión en la que teníamos una cantidad de aceite considerable mi padre decidió esconderlo muy bien pero, tras la visita de las autoridades, fue a buscarlo y encontró en él varias ratas sumergidas, por lo que fue peor el remedio que la enfermedad. Así era nuestro día a día, y teníamos que agradecer seguir vivos”. Pese a esto, el conflicto no fue cuestión de meses sino que se alargó hasta 1939 por lo que no dependía de ellos parar y poco a poco se fueron amoldando en la medida de lo posible. Rosa recuerda las visitas a sus primos cuando venían de la guerra durante cortas estancias y cuando conoció al que acabaría siendo su marido. Fue en 1937, cuando tenía quince años, conoció a José Quirant Gonzálvez (o Pepe, como solían llamarlo), un chico un año mayor que ella que vivía en Daimés. Pero la guerra seguía su curso, en 1938 sucedía el bombardeo de Alicante, pero la peor noticia de todas se reservó hasta el 18 de enero de 1939. Rosa cuenta cómo recibió la noticia ese día de la siguiente forma:

“Yo estaba en casa, cuando escuché unas voces que decían “¡Se lo han llevado, Rosa! ¡A Pepe! ¡Se lo han llevado!”. El 18 de enero de 1939 se presentaron en su casa le quitaron todo lo que llevaba encima y lo encerraron durante una semana. Se lo llevaban para instruirlo, sabíamos que el conflicto estaba en una situación delicada pero, tras tres años no podíamos tener certeza de cuándo acabaría. Pudimos saber a través de cartas y su propio testimonio a la vuelta que formaba parte del bando republicano, llegó hasta Teruel y que fue duramente instruido. Tras finalizar la guerra estuvo encerrado durante un tiempo y luego lo soltaron en medio de la nada, por lo que tuvo que volver andando a casa, atravesando sierras y comiendo lo que encontraba. No lo vi hasta el día siguiente pero me dijeron que llegó a casa sucio, lleno de piojos y lo tuvieron que lavar con agua hirviendo para matarlos, pero lo peor ya había pasado.”

Tras la Guerra Civil llegó la autarquía. De nuevo Rosa tenía que ponerse manos a la obra trabajando duras jornadas por un salario entre dos y tres pesetas diarias y sujetos a las cartillas de racionamiento. La situación era complicada, además se enfrentaba a otro obstáculo: su marido era el único hijo varón de la familia, por lo que sus padres no querían que se casara joven, así que ella tuvo que esperar hasta los 25 años para poderse casar, edad que para la época ya era bastante avanzada.

El 18 de mayo de 1947 contrajeron matrimonio y se fueron a vivir a la casa de los padres del novio, a Daimés, donde dos años después tuvieron a su primer hijo, Pepe. Tras el nacimiento de éste, en 1950 se mudaron a una casa en la que ejercía de caseros. En esa casa nació en 1951 su segundo hijo, Tomás. Tras la muerte de sus propietarios y el reparto de la herencia, se vieron obligados a volver a Daimes. Allí el marido de Rosa prometió construir una casa y llevar a cabo la instalación eléctrica que tanto ansiaban ante la negativa de su padre que afirmaba que “la luz no se podía instalar en la casa debido a su peligrosidad”.  Con grandes esfuerzos y mucho trabajo de José y Rosa dentro y fuera del hogar lograron sacar adelante a la familia. En 1961 y 1964 nacieron sus dos hijos más pequeños, Juana Rosa y Daniel. A partir de ese momento la situación comenzó a estabilizarse. Se iniciaba el segundo franquismo que, permitía llevar a cabo una vida medianamente normal. Continuaban trabajando, sus hijos fueron al colegio, aunque todos dejaron las clases para trabajar y aportar dinero al hogar. Los varones fueron al servicio militar (en Melilla y San Javier) y la chica aprendió a coser y trabajó como aparadora durante muchos años, finalmente los cuatro se casaron y tuvieron hijos. Tras muchos años de trabajo y la dura tarea de sacar adelante una familia numerosa su vida se equilibró. Se fueron estabilizando y, aunque no disfrutaron de grandes lujos, tenían un techo bajo el que vivir, dieron todo lo que pudieron a sus hijos e incluso tuvieron la oportunidad de viajar, siempre dentro de España, recorriendo gran parte de nuestra geografía.

El 29 de diciembre de 1989, el día de la boda de su hijo más pequeño, José y Rosa se mudaban a Elche, a un piso en el Filet de Fora, puesto que consideraban que vivir en el campo supondría un problema a la vejez. En 2000 murió su hijo mayor y en 2004 Rosa se quedó viuda, hasta el día de hoy posiblemente los dos golpes más duros de su vida. Actualmente Rosa García Irles continua viviendo en su piso en Elche a la edad de 95 años, tiene nietos nietos y dos bisnietos, aunque su estado de salud, debido a su edad, es bastante critico puesto que no puede levantarse de la cama y ha perdido toda la memoria.                                 

Trabajo realizado por Juan José Soler Quirant. 1º Bachillerato Humanidades. IES La Torreta. Profesor Luis Pueyo.