Aw, Abdramane

Lugar de nacimiento: 
Tambacounda (Senegal)
Fecha de nacimiento: 
1968
Profesión: 
sastre
Biografía: 

Me llamo Abdramane Aw, nací en 1968 en Tambacounda, una de las cuatro ciudades más grandes de Senegal, situada al sur del país. Mis primeros años de vida transcurrieron cerca de la ciudad, en el campo, junto a mis padres y mis tres hermanos, dos chicos y una chica. Mis padres se dedicaban principalmente al cuidado de la vaca, lo que nos permitía gozar de una situación privilegiada en África, teníamos tierras y ganado y eso allí se podría considerar como riqueza ya que no nos faltaba comida y teníamos un medio de vida. Las vacas pastaban libremente durante el día, sin estar valladas, y por la noche las recogíamos, requerían muchos cuidados, por eso no podíamos vivir en la ciudad, así que crecí libremente en el campo hasta que llegó el momento de ir a la escuela.

Empecé el colegio y la verdad es que no me gustaba demasiado, no fui un buen estudiante porque tenía muy claro que yo lo que quería era trabajar con mis manos. Mis padres querían que estudiara pero yo me aburría en la escuela. Aprendí a leer y a hablar francés, la lengua oficial del país (aunque entre nosotros hablábamos el dialecto wolof) y después de dos años dejé el colegio. Por aquel entonces, mi padre tenía un empleado que le ayudaba a cuidar de las vacas pero siempre había mucho trabajo, así que al final le convencí de que lo que quería era trabajar y empecé a ayudarle en sus tareas. De vez en cuando me acercaba a la ciudad y una de esas veces conocí a un senegalés que había aprendido a coser en Marsella, había pasado mucho tiempo en Francia y allí se había enseñado a cortar patrones y confeccionar bonitos trajes. Aquella experiencia me impresionó y le dije que me enseñara a coser. Tenía mucha ilusión por aprender el oficio porque aquel podía ser mi futuro, así que después de ayudar a mi padre, me marchaba a la ciudad a instruirme como sastre. Descubrí que aquella era mi verdadera vocación, aprendí pronto y a los 16 años empecé a trabajar en la confección, ayudando a mantener a la familia con un dinero extra. Mi padre lo aceptó ya que era mejor trabajo para mí de cara al futuro.

Al estar trabajando en la ciudad, empecé a relacionarme con mucha gente, algo que siempre se me ha dado bien porque tengo un carácter abierto, y al tiempo decidí montar mi propio negocio de costura. Una vez en marcha, el negocio iba viento en popa, la tienda se hizo muy popular, los clientes no paraban de llegar, los encargos se sucedían uno tras otro y tuve que contratar a varios empleados, incluso venía la gente del gobierno a encargarnos sus trajes.

Por aquel entonces, con 24 años, me casé con Labouda, la mujer a la que quería, y empecé a pensar en formar una familia y tener hijos con ella. La tienda funcionaba muy bien pero me ofrecía un futuro a medio plazo porque yo veía que en África mi trabajo no era tan respetado como en Europa, en África no hay horarios de apertura y cierre de los comercios, no se pagan impuestos por tener un negocio, si quieres los pagas y si no, no, porque no hay seguridad social a menos que seas funcionario. No hay un sistema de cotización que te garantice una seguridad, una pensión el día de mañana, y todo eso me hizo plantearme el futuro a largo plazo.

Cuando fui a la ciudad a trabajar empecé a oír hablar de Europa, entonces marcharse a Europa era como una moda, algo a lo que muchos aspiraban. La gente que venía de allí contaba que era muy bonita, que allí todo era distinto, el trabajo, las costumbres. Cuando veía a los europeos notaba que vestían muy bien, tenían cosas bonitas, eran tan diferentes… Aunque en ese momento yo tenía mi futuro resuelto con el negocio, empiezo a pensar en dejarlo todo y venirme a Europa. Yo era joven y tenía muchas esperanzas, quería conocer mundo, probar mi suerte, ver cómo vivían los blancos y sobre todo buscar un futuro mejor para mi familia. Hoy en día me lo hubiera pensado más porque realmente yo estaba bien en Senegal, no estaba necesitado y tenía mucho que perder marchándome y dejándolo todo, puesto que la tienda era mi vida, pero pudo más la idea de salir en busca de mi destino.

Después de pensarlo mucho, la decisión ya estaba tomada y llegaba el momento de comunicárselo a mi familia, hablé con mi esposa y le dije que me marchaba, que quería dejar mi tierra y cambiar la vida que llevaba allí, quería buscarme la vida para el futuro de nuestros hijos. Ella al principio no lo entendía pero le expliqué que yo no venía a vivir una aventura sino a construir un futuro mejor para todos nosotros. Era cuestión de un tiempo, yo trabajaría en Europa, hasta que me asentase allí, pudiera comprar una casa y entonces ella vendría conmigo. Le resultó difícil pero aceptó y me dijo que me esperaría todo el tiempo que pudiese. Tras ello hablé con mi padre y cuando le expliqué que iba a liquidar la tienda de confección para marcharme a Francia no daba crédito, me decía: ¿Por qué? Tú tienes una tienda que funciona bien, tienes un oficio, tu esposa…La gente que se marcha a Europa no tiene trabajo, ni tiene nada pero tú tienes mucho, no lo entiendo. Mi decisión no tenía vuelta atrás y al final tuvo que aceptarla.

Mi destino era Francia, el lugar donde iban la mayoría de senegaleses que viajaban a Europa. Senegal había sido una colonia francesa en la que pervivía la influencia del país, se oía mucho hablar de Francia y todos queríamos conocerla. Otro factor era el idioma porque comprendía y hablaba bien el francés y esto siempre facilita más las cosas cuando estás en un lugar extranjero. Después de liquidar la tienda, con una parte del dinero que conseguí, partí rumbo a Francia; con 29 años, un visado y mucha ilusión.

Rumbo a Francia

Llegué a París en avión, como un turista más, con un visado para treinta días y muchas ganas de conocer la ciudad, aunque en poco tiempo pude comprobar otra cara menos idílica de mi nueva situación. Cuando llegué, estaba esperándome un primo mío que se había marchado antes que yo junto con dos amigos. Me recogieron y nos fuimos al lugar donde vivían, era una habitación alquilada que estaba en lo que en Francia llaman un foyer, una especie de albergue o residencia de estudiantes reformada. Me instalé y experimenté en mis propias carnes lo que era vivir cuatro personas en un espacio reducido durmiendo unos sobre otros. Pronto supe que ninguno de ellos había conseguido tener los papeles en regla y estaban en situación ilegal, me di cuenta en ese momento de que eso no era lo que yo había ido a buscar allí. Yo había ido a Francia para conocer el país y quedarme a trabajar como sastre, pero una vez allí comprobé que las cosas no eran tan fáciles. No podía trabajar porque allí para poder hacerlo tienes que tener primero tus papeles en regla y pasar unos trámites administrativos para que ellos te encuentren trabajo, yo había llegado como turista pero no tenía permiso de trabajo. También había mucho control policial, en los que te pedían la identificación y la tarjeta de la seguridad social, sobre todo en algunos barrios y en las estaciones.

El clima frío, las condiciones en las que vivíamos y el miedo a que se me caducara el visado y me deportaran a Senegal hicieron que me desencantara y cambiara de idea, ya no quería quedarme en Francia, no en esa situación.

Estando allí empecé a oír que en España era fácil conseguir los papeles y me acordé de un amigo de mi país que se había ido a probar suerte allí. Le llamé para ver cómo estaba allí el tema del trabajo y le conté mi experiencia en Francia. Él me dijo que estaba en Almería, trabajando en el campo, que había mucho empleo y que si tenía ganas de trabajar podía conseguir los papeles desde el primer día. Decidido a cambiar mi destino hablé con mi primo y le dije que me marchaba a España, él pensaba que no era una buena idea porque muchos españoles iban a Francia a trabajar en la vendimia y esto no era compatible con que en España sobrara el trabajo. Así y todo nuevamente me marchaba, mi primo me acompañó a sacar el billete de autobús para viajar a Madrid. Era el año 1996 y después de estar 15 días en Francia, volvía a partir con nuevas esperanzas.

Nuevo destino

Cuando llegué a Madrid, cogí otro autobús hacia Almería y una vez allí me fui a Roquetas de Mar, donde vivía mi amigo, me quedé en su casa y nos fuimos a ver a su jefe que estaba en Mojonera, me lo presentó y a los tres días estaba trabajando en el campo con mis papeles en regla. En esa época había mucho trabajo y no había mucha gente así que el jefe venía a buscarte a casa, tocaba el timbre de casa y te recogía para llevarte a faenar. Ahora es diferente porque hay mucha más gente y cuando uno no respeta su trabajo se queda sin él. Entonces había muchas ofertas, siempre en el campo, pero podías cambiar de jefe en cualquier momento y nunca faltaba trabajo. Cuando yo empecé me pagaban 2.500 pesetas al día y trabajaba ocho horas pero después encontré otro jefe que me pagaba 3.000 pesetas y lógicamente me cambié. Empecé a ganar dinero y a ahorrar para mandar una parte a mi país. Los andaluces se portaban bien con nosotros, los jefes si tenían un cortijo lo arreglaban y vivíamos todos los trabajadores allí, cerca del invernadero. No había muchas casas para alquilar en Almería pero después de un tiempo, nos trasladamos a una casa de planta baja en el barrio de la Lomilla, en Vícar, éramos trece personas en una pequeña casa de campo y nos repartíamos los gastos del alquiler, las facturas y la comida. Nos organizábamos por turnos para comer y para las tareas de casa, cada día le tocaba a uno. Normalmente, los más jóvenes se encargaban de cocinar porque nosotros tenemos mucho respeto hacia las personas más mayores, es una tradición muy arraigada en Senegal y allí la manteníamos. Si faltaba algo de la casa, los más jóvenes se encargaban de coger su bicicleta e ir a comprarlo, si había que matar un cordero, ellos se encargaban. A pesar de que éramos mucha gente, nos planificábamos y nos respetábamos unos a otros.

En Almería estuve durante tres años y una vez al año, en vacaciones, volvía a Senegal a ver a mi mujer y a mi familia. Me quedaba unos días y después regresaba a trabajar. En una de mis estancias en Senegal, mi mujer se quedó embarazada de nuestra hija Madina y empecé a pensar en traerlas conmigo pero sabía que antes tenía que ahorrar más dinero para que mi madre se quedase en Senegal con un respaldo económico, mi padre había fallecido y yo no quería que le faltase nada. Si me traía a mi mujer y a mi hija no podría ahorrar para el bienestar de mi madre porque tendría más gastos, así que le pedí a Labouda que me esperase un poco más de tiempo para encontrar algo mejor. Ella sabía que yo estaba trabajando duro por ellas así que siguió esperándome.

Cuando regresé a Almería pensé en cambiar de trabajo porque allí solamente había tenido la oportunidad de trabajar en el campo y yo quería hacer otras cosas. Llevaba tres años y medio allí y no había tenido ninguna oportunidad de encontrar otro tipo de empleo, pensé en irme a Valencia o a cualquier otra ciudad. Lo hablé con mi amigo y él también quería cambiar deocupación, habíamos oído que en Cataluña había mucha industria y mucho trabajo, muchos senegaleses habían ido y se habían quedado allí, así que me fui con algunos de mis compañeros, sacamos un billete de autobús y nos pusimos en ruta.

Una parada especial 

Salimos de Almería y el autobús hizo una parada en Elche, no sé si fueron sus palmeras, su luz o su temperatura, pero algo dentro de mí me decía que debía quedarme aquí, que esta ciudad me podía llegar a gustar. Iba a ser diferente a los demás sitios porque aquí no conocía a nadie y tendría que abrirme camino yo solo pero después de haber estado en otros lugares, tenía la sensación de que aquí podría conseguir esa superación personal que buscaba. Le dije a mis compañeros que me quedaba aquí, que siguieran ellos hacia Barcelona porque yo iba a probar suerte en esta ciudad. Como me ocurrió otras veces, intentaron persuadirme para que fuera con ellos porque aquí no conocía a nadie, no sabía dónde ir y ni tan siquiera cómo estaría el tema laboral, pero yo ya no volví a subir a ese autobús.

Llevaba dinero y lo primero que quería hacer era alquilar un piso, estuve buscando pero no podía porque me pedían un contrato de trabajo. Tenía mis papeles en regla ya que llegaba de Almería,  acreditaba que había estado tres años trabajando allí, pero sin un contrato laboral era imposible encontrar un piso. Recurrí a la Cruz Roja, fui a ellos para que me ayudaran a buscar trabajo y me buscaron alojamiento durante cuatro días, justo el tiempo que tardé en encontrar un empleo.

Firmé un contrato de trabajo por dos meses con una empresa dedicada a las flores que estaba cerca de Torrellano y eso me permitió también alquilar  un piso. Era un piso de tres habitaciones que me costaba 25.000 pesetas al mes y me permitía vivir independiente. Cuando se cumplió el contrato de trabajo, hablando con otros inmigrantes me enteré de que había una empresa llamada Caster en la que había trabajo y fui a buscar empleo, me contrataron y empecé a trabajar en la industria del calzado. La empresa estaba cerca de la estación de autobuses, recuerdo que teníamos turnos de trabajo, había semanas que trabajabas de noche, otras por el día… Cuando llevaba cuatro meses trabajando allí me compré una moto para desplazarme más rápido porque vivía lejos de la fábrica. Las cosas iban mejorando aunque echaba de menos hablar con gente de mi país, en los primeros meses casi no veía a nadie de color. En el momento en que llegué a Elche era el año 1999 y por aquel entonces no habían muchos africanos, apenas seríamos unos veinte, en zonas como Barcelona, hay africanos que llevan ya veinte años, la gente está más acostumbrada a ellos pero aquí en Elche éramos muy pocos.

Al tiempo conocí a algunos de mis compatriotas que yo no sabía que estaban aquí. Vivían todos juntos en un piso pequeño y dos de ellos vinieron a buscarme para vivir conmigo porque después de estar todo el día trabajando, cuando llegaban a su casa no podían descansar, había demasiada gente y echaban de menos un poco de intimidad y tranquilidad. Se trasladaron a mi piso, donde cada uno teníamos nuestra habitación y aquello me permitía compartir gastos y estar acompañado.

Estuve dos años trabajando en Caster y mientras tanto, iba ahorrando dinero que mandaba a mi familia. En vacaciones volvía a Senegal y pasaba unos quince o veinte días con ellos, pero yo quería algo mejor para poder traer a mi familia conmigo y entonces empecé a pensar en montar un negocio.

En esos dos años habían venido más africanos a Elche y los conocía a casi todos porque siempre he procurado llevarme bien con la gente. Yo veía que ellos aunque estaban contentos de estar aquí en Elche y se iban integrando muy bien, echaban de menos muchas cosas de su cultura y de su país y entonces se me pasó por la cabeza la idea de montar una tienda donde se vendieran productos africanos de todo tipo, alimentarios, tejidos… que no son fáciles de encontrar aquí. Estaba convencido de que el proyecto podía tener éxito porque me conocía mucha gente y sabía que a ellos les gustaría mi iniciativa.

Lo primero que hice antes de lanzarme a la aventura fue informarme de todos los trámites que tenía que cumplir y los pasos que debía dar, se necesitaban muchos trámites burocráticos para obtener la licencia de apertura, el carnet de manipulador… Hice todas las gestiones, busqué el local  y una vez que ya tenía todo en regla hice realidad el proyecto. La tienda abrió sus puertas y hasta día de hoy, gracias a Dios, está teniendo muy buena acogida.

Estábamos en 2001 y ese año fue un año crucial, era autónomo, había conseguido montar mi propio negocio en España y era el momento de empezar a pensar en traer a mi familia. Primero tenía que dejar pasar un tiempo para ver cómo se desarrollaba el comercio y después, si las cosas iban bien, comprar un piso.

Todo ocurrió como esperaba, pedí un préstamo y conseguí comprarme un piso cerca de la tienda. Se iba acercando el momento de traer a mi familia porque ya tenía un respaldo, una situación económica favorable y un hogar de nuestra propiedad, pero todavía tenía que ahorrar dinero para comprarle una buena casa a mi madre que no quería dejar su tierra para venir aquí. Con el dinero que fui reservando, pude comprarle un bungalow en Tambacounda para que vivieran ella y mis siete primos porque yo quería que ella estuviese bien en Senegal y que no le faltase de nada. Para ella su seguridad social soy yo, le envío dinero todos los meses, alrededor de ciento cincuenta euros. Puede parecer poco dinero pero con él, en Senegal, viven como reyes porque la comida y las demás cosas son muy baratas.

Una vez solucionado el futuro de mi madre y mis primos, empecé con los trámites para traer a mi familia y a principios de 2005 llegaban a Elche, mi esposa, mi hija Madina y mi hijo Mortar de dos meses. Había pasado mucho sufrimiento para llegar aquí porque había tenido que trabajar duro, lejos de mi tierra y en trabajos que no tenían nada que ver con mi profesión de sastre pero al final, había conseguido traer a mi familia junto a mí, donde les esperaba un futuro con más oportunidades, y dejar a mi familia de Senegal en una buena situación.

Mi esposa y mi hija se adaptaron rápidamente a España, se integraron muy bien aquí en Elche, sobre todo la niña, que ahora tiene ocho años. Cuando llegó no sabía hablar español pero en el colegio aprendió muy rápido, los profesores se asombraron porque progresaba muy deprisa, es una niña lista y le gusta mucho el colegio. Tengo puestas muchas esperanzas en ella para que estudie y sé que el día de mañana aquí va a tener muchas más oportunidades. A pesar de que llegó hace menos de dos años, ella va creciendo con la cultura española y se siente de aquí, de Elche, por poner un ejemplo, cuando trajeron la Dama de Elche, ella nada más quería que ir a verla y tuve que llevarla al Museo Arqueológico porque si no la llevo, casi ni podía dormir.

Nosotros nos hemos integrado bien en Elche pero hay gente que no ha tenido tanta suerte, en parte es porque no nos conocen bien, los africanos empezaron a llegar a Elche hace unos diez años y es poco tiempo para conocernos bien, existen algunos prejuicios hacia nuestra raza, ya que algunos creen que somos peligrosos pero no es así. Uno de los problemas a la hora de integrarnos es el idioma, al no conocer el español, nos cuesta entendernos con la gente fácilmente, no podemos expresar claramente lo que queremos, que hemos venido a buscar algo mejor. El hecho de no poder entendernos fácilmente, hace que a veces la gente no confíe en nosotros al creer que somos muy cerrados, por eso es muy importante la tarea que hacen las asociaciones de inmigrantes.

Yo soy el presidente de la Asociación de Senegal, hace tres años vinieron a buscarme para que fuera el presidente de la asociación pero yo primero quería informarme bien de cómo teníamos que hacer las cosas, el objetivo de la asociación era y es ayudar a los inmigrantes que llegan a Elche, informarles de cómo pueden obtener los papeles, cómo buscar trabajo, cómo encontrar vivienda, los pasos para obtener un préstamo hipotecario…También les damos consejos para convivir con sus vecinos respetándolos porque nosotros venimos de otro continente, con otra cultura muy diferente y a veces se producen choques. Yo quería saber primero toda la información útil para prestar un buen servicio. Acudí a abogados, sindicatos… y cuando conocí toda la información acepté ser el presidente.

La asociación funciona bastante bien, cuando empezamos éramos unas treinta personas y ahora vamos ya por los 125 miembros, todos ellos con su carnet de la asociación. Principalmente ayudamos a la gente en la tramitación de papeles, con asesoramiento legal siempre que la persona que acuda a nosotros respete las leyes de aquí porque nosotros respetamos la Constitución española y no podemos defender a alguien que viene a perjudicar a los demás. También pagamos una cuota para ayudar a quien se pueda encontrar en un caso extremo, hay un fondo por si alguien se pone enfermo o le ocurre alguna desgracia, si no tiene vivienda le ayudamos a encontrar una… Tenemos muchas cosas que hacer y lo estamos haciendo con mucho esfuerzo y muchas ganas, sin molestar a los españoles pero a veces, se echa de menos un poco de ayuda. Ahora mismo, no tenemos un local donde reunirnos, tenemos todos los papeles en regla porque la asociación está registrada en el Ayuntamiento y en la Generalitat Valenciana pero no tenemos una sede. Una vez al mes hacemos una junta y tenemos que hacerla en mi establecimiento porque para que te dejen un local tienes que pedirlo con quince días de antelación, no tenemos mucho apoyo y todo sale de nuestro de bolsillo por eso no podemos hacer muchas cosas, nos gustaría dar clases de español pero no podemos porque no tenemos espacio.

Sería importante para la integración que las instituciones ilicitanas se implicaran un poco más con las asociaciones de inmigrantes y reconocieran nuestro trabajo. A veces hemos intentado organizar actividades para favorecer la integración como un mundialito de fútbol, coincidiendo con el mundial de 2006, era un partido amistoso, para todos, pedimos ayuda al Ayuntamiento y nos dejaron unas camisetas para los jugadores, eran camisetas con publicidad que no valdrían ni seis euros. Yo me encargué de organizarlo todo pagando de mi bolsillo la publicidad, desplazándome a recoger a la gente que se había apuntado para jugar y todo ello lo pagué con mi dinero. Cuando acabó el partido nos dijeron que teníamos que devolver las camisetas. A la gente le hubiera gustado tener un recuerdo de ese día pero nos hicieron devolverlas aunque ya estuvieran usadas. Cuando ves estas cosas es cuando te preguntas ¿esto es integración?

Queda mucho camino por recorrer y en ocasiones me desmoralizo pero entonces la gente viene a la tienda y me anima para que siga luchando. Tengo a mi familia junto a mí, el negocio funciona bien y la gente viene a hacerme compañía. En la trastienda tengo la máquina de coser, a todos los sitios donde he ido siempre la he llevado conmigo porque lo que más me gusta es confeccionar ropa, la gente se acerca muchas veces y me trae sus trajes para que se los arregle o me hacen encargos, no siempre puedo hacerlos porque me falta tiempo, pero en un futuro, si las cosas van bien y puedo emplear a alguien en la tienda me gustaría dedicarme a mi verdadera profesión, la de modisto, y cuando llegue la hora de la jubilación volver a mi tierra, la que dejé diez años atrás en busca de un porvenir mejor.

Cuando echo la vista atrás solo puedo dar gracias a Dios por todo lo que he conseguido, no ha sido fácil, pero a pesar de todo el sufrimiento, aquí estoy, viviendo y superándome día a día.

Entrevista y transcripción de Ana Vidal Montesinos (junio de 2006)